Pablo Baca

Los juicios

“No se tratan del pasado

solamente, sino también del futuro”

Ya no se pueden cumplir todos los quehaceres de la justicia. La justicia, para haber sido tal, tendría que haber sido íntegra. Y hay muchos que no recibieron reparación y que ya no la recibirán porque ya no están. Y otros, algunos de los otros, que se fueron sin haber sido castigados. Es decir, una deuda de impunidad que nada, ni el juicio que se inicia, ni nada, podría ya saldar. La justicia, además, no borra el pasado. Y lo que sucedió estuvo lleno de actos atroces que parecen agotar las palabras y hasta la idea misma de justicia.

Me alegro, igual, como todos, por la justicia que se realiza. Los culpables, que caminan todavía entre nosotros, tienen que ser castigados. Y creo, sobre todo, en los juicios como un símbolo: una marca en la historia y un rumbo hacia el futuro, porque, justamente, hay algo que de ninguna manera puede repetirse. A los juicios, pienso, hay que rodearlos de ese valor y hay que contribuir a que ese valor se difunda y se prolongue y se consolide en el tiempo.

Como generación que asiste a este día, nos encontramos entre hombres y mujeres que murieron aquellos años, y otros que por entonces ni siquiera habían nacido.

De un lado, los muertos. Los que fueron alcanzados y se perdieron en la noche del terror. La justicia que hoy se realiza, acaso pueda responder, en forma tardía e incompleta, a sus sufrimientos, desde el desamparo, lo que tuvieron que pasar cuando se perdió la dignidad humana; y hasta, tal vez, algún último deseo de que no fuera en vano ni quedara impune.

Hubo quienes los amaron y nunca olvidaron. Ellos, sus familiares y amigos, los organismos de derechos humanos que formaron e integraron, los trajeron hasta ese momento. Y hoy quienes fueron sus verdugos tienen que responder por lo que hicieron.

Y están también los que llegaron mucho después, cuando todo había terminado. Me encuentro entre jóvenes, y no tan jóvenes, hombres y mujeres, y me doy cuenta de que no saben más que lo que les contaron, que no es mucho. Y me doy cuenta, también, de que para ellos el peso de esos años ya es diferente. Tienen el privilegio ahora de conocer y de presenciar el momento de la justicia. De ellos es el futuro y los juicios no son sobre el pasado solamente, sino también sobre el futuro.

De alguna manera supe que esto iba a ocurrir. No sé cómo. Uno a veces cree, supongo, en lo que desea. Igual, se ha demorado demasiado. Recuerdo una mañana en Tucumán, una amiga que encuentro en la calle y me cuenta que le habían dado el Nobel de la Paz a Adolfo Pérez Esquivel. Recuerdo las marchas cada vez más numerosas, en Plaza de Mayo y en las ciudades del país. He visto fotos de los que hicieron una cola para denunciar lo que había ocurrido ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, mientras, a unas pocas cuadras, la dictadura se ilusionaba en los festejos de un título mundial. Me acuerdo del juicio a las Juntas y el momento en que la Comisión Nacional de Desaparición de Personas entregó el informe “Nunca Más”. Y recuerdo la lectura de la sentencia. Y también recuerdo, claro, derrotas, grandes retrocesos, algunos días de Semana Santa y otras cosas que no quiero mencionar.

Después, mucho después, los juicios en los que se reclamaba la averiguación del destino final, “juicios de la verdad”. Algunos de los que los impulsaron ya no están, pero que esos días estuvieron y dejaron un registro que ahora sirve para condenar a los culpables. Olga Aredes, afectada por una enfermedad terminal, que tenía que tomar medicamentos durante su declaración para poder seguir hablando, y así y todo no aceptó postergar la audiencia o siquiera tomarse un descanso. Y Andrés Fidalgo, con esa precisión y esa mesura que encubría una convicción indestructible. Y Nélida Fidalgo y una memoria infinita y llena de amor. Y otros -por nombrar sólo a los que ya no están- como Horacio Vale o Carlos Tilca.

Con el conocimiento de la verdad, se decía, se develaba y se hacía pública una parte imprescindible de la historia y así se construían, al mismo tiempo, la memoria y el futuro. Se decía -y así ha sido-, que cada testimonio, en el sacrificio de revivir lo doloroso y hacerlo público, prestaba un servicio al presente y fundamentalmente al futuro. Y así ha sido.

Pero después sucedió algo más. La noción de delitos de lesa humanidad como algo que ningún régimen y ningún sistema de derecho, podrían perdonar. Un orden básico de la convivencia que vino a dar cuenta de la prolongada experiencia de los crímenes del poder y de los artilugios para obtener impunidad.

Esto es lo que tienen que saber todos: no hay perdón posible para los dictadores. Ni para quienes se asocien con los dictadores, ni para quienes cumplan sus órdenes. Todo algún día podrá serles reclamado. Por más campañas, informes finales o amnistías que sancionen. Esa es la gran lección para el futuro. Enseña que, por más poderoso que sea el agresor, la lucha nunca está perdida porque no habrá derrota, pequeña o grande, que sea definitiva. Y enseña a los opresores que nunca van a sustraerse definitivamente de la justicia. Que ningún instrumento jurídico que puedan haber dictado desde el poder les va a servir cuando llegue la hora.

Un grupo de mujeres, hombres, ancianos, adolescentes y niños, que tenían que sobrellevar la mayor de las pérdidas, la de un hijo, un esposo o un padre. Se encontraban solos, porque la dictadura sumaba la propaganda y el terror, para que nadie quisiera ayudarlos. Estaban, además, amenazados. Y así y todo enfrentaron a una máquina de muerte, una organización que se habían apropiado del Estado y cometían hechos atroces.

No se asustaron; o sí, pero nunca se callaron. Los juicios son la culminación de una lucha que emprendieron y llevaron a cabo, a pesar de desgarramientos personales y en la más absoluta inferioridad, para que no prevalecieran la injusticia y la mentira.

Pablo Baca

* Abogado, escritor. Fue miembro del equipo jurídico de los Juicios por la Verdad.

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